Por Frambel Lizárraga Salas*

“La calidad es la primera exigencia ética”– Carlos Soria, periodista.

Aunque el lenguaje oral es fundamental para expresarnos en la vida cotidiana. En esta ocasión, hablaré de la palabra escrita. Esta es el vehículo más apto para la conservación del pensamiento y la transmisión del conocimiento.

Expresar una idea, describir una situación, al igual que entablar una plática o simplemente manifestar un estado de ánimo, son manifestaciones humanas susceptibles de efectuarse por medio de gestos, señas, sonidos, dibujos y, principalmente, utilizando el lenguaje escrito y oral.

En un mensaje escrito se hacen tangibles los signos de una lengua al trasladarlos a imágenes convencionales. De esta manera, la fugaz imagen acústica se convierte en una imagen visual permanente.

Todo comunicador sin importar su actividad específica, debe saber informar. Para ello es preciso, primero, investigar, ya que no es posible hablar de lo que no se sabe y, después, comunicar lo investigado.

Para comunicar lo investigado, es necesario valerse del lenguaje (escrito, sonoro, audiovisual), el cual –sin importar el medio utilizado para difundirlo- requiere, la mayoría de las veces, que se exprese por escrito (textos o guiones); es decir, redactarlo.

Quien puede expresar adecuadamente un mensaje es, también, capaz de detectar sus propios errores; y también, quien tenga esa habilidad estará en condiciones de corregir no sólo sus originales sino también los de otros.

Algunas deficiencias más comunes que tienen las personas al momento de redactar un texto son:

a)    Mal empleo de la acentuación y ortografía

b)   Problemas de concordancia

c)    Abuso de la conjunción “que”

d)   Uso inadecuado de las preposiciones

e)    Abuso y mal uso del gerundio

f)     Pobreza del lenguaje

Para podernos expresar correctamente de manera escrita, también es necesario tener un estilo, es decir, una forma o  modo de expresión de cada uno de nosotros. Reconocemos que el estilo refleja: el temperamento, el contexto cultural, las emociones y las características individuales de cada individuo.

Pero, ¿basta con ello para crear un estilo? Desde luego que no. Salta a la vista que falta el conocimiento del instrumento de expresión: el lenguaje. De ahí la necesidad de dominar las normas (la gramática) que lo rigen para poder expresar, no sólo adecuadamente nuestro mensaje, sino también hacerlo con creatividad.

La escritura, además, se acompaña de los llamados signos de puntuación, los cuales surgen por la necesidad del hombre para reproducir, de alguna manera, casi todos los artificios que se emplean en el discurso hablado: los distintos matices y tonalidades de la voz, las pausas voluntarias o las necesarias para la respiración, la entonación que empleamos para hacer preguntas o manifestar nuestros múltiples estados de ánimo.

La corrección de estilo debe entenderse como la actividad encaminada no sólo a la eliminación de errores tipográficos o mecánicos de los originales, sino fundamentalmente como un procedimiento que tiende a mejorar la redacción; esto es, a depurarla, simplificarla y ordenarla. Para lograrlo es necesario:

a)    Leer cuidadosamente el material.

b)   Reconstruir los párrafos ininteligibles, los que carezcan de coherencia, o bien aquellos que oculten la noticia. Cuando el párrafo sea susceptible de mejorar con algunas correcciones gramaticales o modificaciones sintácticas, éstas serán suficientes y no habrá necesidad de alterar el texto.

c)    Eliminar errores gramaticales y ortográficos.

d)   Verificar la exactitud y precisión de los datos.

e)    Alimentar constantemente nuestro vocabulario

Así que ya lo saben, la próxima vez que escriban un documento procuren cumplir con todas las reglas ortográficas y gramaticales para que logren que sus textos sean claros, coherentes, eficientes y de calidad.

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*Frambel Lizárraga Salas puede ser contactada en frambellizarraga@hotmail.com

Bibliografía: Romero Álvarez, Lourdes. Taller de Corrección de Originales. Reflexiones sobre la enseñanza de la redacción. Ed. UNAM. México. 2011. P. 102.

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